Madre, en tu día no hay demagogia que alcance
19/10/2007 - 12:15:00
Autor: Orlando Barone



No es tan fácil para los hijos, cuando son chicos, entender el concepto de “madre hay una sola” habiendo tantos millones de madres. ¿Por qué padre no hay uno solo? Depende. Pero lo del padre desorienta.
El día de la madre, también llamado el día de los electrodomésticos y, más modernamente, el día de los regalos tecnológicos, es en realidad el día más demagógico. Son demagógicos los avisos de propaganda, la dulzonería mediática, y son demagógicos los hijos, las nueras y los yernos. También las madres. Que ponen su imparable dosis de empalagamiento y que ese día se sienten las creadoras de la vida sobre la tierra.
Cualquier mujer, en general, puede tener hijos. Es algo humano, no extraterrestre. Incluyendo adopciones y probetas. Sobran madres y sobran hijos y sin embargo cada madre termina por creerse que lo que ella ha dado a la vida es un hecho colosal para el asombro; a un hijo mejor que los otros hijos de todas las otras madres. Mejor que los de la cuñada, o los de la vecina. A veces hay hijos medio lentos que se lo creen.
Si por algo hay que celebrar a una madre es por perdonar y absolver a sus hijos, cuando al verlos ya grandotes por no decir otra cosa, le demuestran que las expectativas que la madre puso en ellos han sido inútiles.
Y que un hijo al que ella auguraba como un genio es hoy ese adulto o esa adulta de cabeza reducida por los jíbaros. Y vaciada lentamente por dormirse con la televisión prendida mirando un programa antineuronas.
Hay una fábula insuperable sobre la madre. Deja chiquito así a ese tango de Betinotti, “Pobre mi madre querida”, donde el hijo hace sufrir tanto a la madre que merecería una buena paliza aplicada con tormentos.
La fábula a que me refiero supera a “La madre” de Máximo Gorki, a la “Madre coraje” de Bertold Brecht, a la madre diván de Woody Allen, y hasta a la madre sufrida de Riquelme. La fábula es la siguiente: la malvada, que tiene seducido hasta acá a un aldeano caliente, le pide una prueba de su amor. ¿Qué más querés mi reina? le dice el “pollerudo” que ya dio todo en la cama del bosque, y por hacerle regalos se gastó el contenido del único cajero automático. La malvada lo acecha entre la hierba apenas cubierta por un pétalo de margarita, uno solo. Sabe que su amante es hijo único y que la rival invencible es la madre que le da la sopita en la boca de a gotitas, desde su propia boca. Como los gorriones.
Entonces, quitándose el pétalo y entreabriendo sus labios hinchados como picados por un enjambre, la mala le dijo: “Quiero que me traigas como prueba el corazón de tu madre”. El tipo no duda: verla allí echada y sin el pétalo lo tenía de la cabeza. Literalmente hablando.
Va a la cabaña donde dormía la madre y la despacha. Con el puñal escarba y le arranca el corazón. Y corre con él chorreando sangre de madre entre las manos. En mitad de camino -de tanto ardor de pensar que la mala estaba sin el pétalo esperándolo- tropieza y se cae, y el corazón rueda por el suelo. Y mientras el “pollerudo” trata de levantarse todo magullado, oye que el corazón de su madre estrellado contra un cactus pinchudo, le dice: "¿Te has hecho daño hijo mío?"
Esta madre sí que se pasó de madre.

http://www.continental.com.ar/noticias/495678.asp
Sátira acerca de la idiotez y de “lo negro”
18/10/2007 - 12:00:00
Autor:
http://www.continental.com.ar/noticias/495129.asp


Hasta ahora los rastros más antiguos del origen del hombre están en África. Sí, en África, y no en Boston ni en Zurich. Más precisamente en la región de Herto, en Etiopía, donde se hallaron cráneos humanos de más de 150.000 años de antigüedad. Por lo cual uno podría preguntarse: ¿Y si entonces Dios es negro? ¿Y si es varón y tiene el aspecto de Mandela o de Cesaire Aimée el poeta de la negritud, o el del negro Rada o el del negro Falucho?
Siguiendo ese origen africano, es seguro que los blancos se apoderaron de la imagen de Dios y la blanquearon para creérsela afín. Es cierto que hubo Papas negros, pero eran blancos. Bien blancos.
Lo que acaba de provocar la declaración del científico James Watson acerca de que los negros tienen menos inteligencia que los blancos es un verdadero agujero blanco. Un tremendo “buraco” cavado en la sociedad mediática para causar escándalo. Ni siquiera a un oso blanco se le ocurriría pensar que el oso negro tiene menos instinto.
Los únicos que hacen diferencias entre un perro de paladar negro y otro de paladar neutro, son los dueños de los perros.
Habrá mucha gente rubia y blanca que al enterarse del pensamiento de Watson ratificará sus sanos prejuicios. Es esa clase de gente que lo único que acepta negro a regañadientes es el luto para quedar bien con el muerto o el vestido negro para afinar la silueta. O un sueño negro para salir de la vigilia mediocre.
La ciencia no tiene ideología: los científicos sí.
No hay ninguna ley que impida al hombre más sabio hacerse el idiota o serlo. Un idiota triunfador sigue siendo un idiota. Y si tiene una inteligencia aguda corre el riesgo de una idiotez más intensa. Pero no hay que discriminar: igualemos la idiotez del blanco y del negro, y de cualquier color humano que haya. A la idiotez se aspira por igual.
Generaciones enteras de blancos- incluido el sabio Watson- conocimos la negritud, no por Leopold Senhgor, el gran poeta senegalés, sino por “La cabaña del tío Tom”. Esa historia racista del esclavo negro despiadadamente maltratado por sus amos blancos a los que al final perdona. El profesor Watson es un desagradecido. Considera el perdón falta de inteligencia.
Es que los agujeros blancos son más aterradores que los negros.
El GEN argentino no es San Martín: somos nosotros
16/10/2007 - 12:10:00
Autor:
http://www.continental.com.ar/noticias/494068.asp


Antes que nada ¿Existe el gen argentino? Si todavía no se sabe históricamente cuál es el gen del ser humano original. No se sabe si el primer hombre nace de una ameba, de un renacuajo, del big bang, de un mono, de un negro, o del barro. La princesa Máxima acaba de decir que el holandés-holandés no existe y armó un lío bárbaro. Tampoco debe de existir el argentino-argentino. No hay forma de concebirlo sin pensar en un Frankenstein.
¿Y si el gen que nos resume está en un tehuelche, en el fruto de una cautiva y un pampa, en el pequeñito Ceferino Namuncurá, o en un gaucho nómada y harapiento vagando a caballo por el desierto? El juego de un exitoso programa de televisión donde participaron millones de televidentes determinó que el gen argentino es el General San Martín.
Superó a Favaloro y a Fangio. La elección es tan obvia como escolar.
Adviértase que los tres finalistas militan en las filas del bien: son héroes de géneros distintos pero coincidentemente morales. Sobre ellos el imaginario popular ha montado estatuas de honestidad superior. Somos proclives a la insinceridad: al “debe ser” no al ser como se es. San Martín es de algún modo una utopía; y Fangio y Favoloro- aunque más modestamente- también. Si San Martín es el GEN deseado argentino ¿por qué un siglo y medio después hemos llegado a ser este promedio tan alejado del modelo? ¿Qué tiene que ver San Martín con los generales que le fueron sucediendo y sus estropicios, o con los corruptos civiles que fecundaron nuestra historia anterior y reciente?
Francamente si hubiera menos hipocresía y menos sometimiento a estereotipos forzados interesadamente, el gen argentino elegido sería más manchado, más desprolijo, más inestable, más vulnerable, más incierto y más humano. Más lógico. Sería una mezcla del de Facundo Quiroga y Evita; del de Martín Fierro y el patriciado; del de Maradona y Tévez; del de Gardel y Charly García; del de la señora Mirtha Legrand y Nazarena Vélez; del de Borges y Bucay; del de Von Wernick y el padre Angelelli, del de un chico rubio de una publicidad de yogur con vitaminas y del de un chico anónimo y pobrísimo que por buscar en los basurales fue sepultado por la basura. Sería más genuino a “Cambalache” que a “Aurora”. Pero Aurora nos adula más que Discépolo; nos hace más blancos que la cumbia. Nuestro gen argentino también sería un batido entre el gen de quienes balbucean el himno porque no aprendieron la letra porque no fueron a la escuela, y quienes lo cantan como barítonos ante las cámaras pero que no son más patriotas que aquellos. El gen es una partícula invisible cuyo orden a lo largo de los cromosomas “deschava” nuestra historia biológica. Lo más cercano a nuestro magma, lo que más nos expresa es el voto. No sé si un argentino es capaz de mentir en el confesionario y de ocultarle información al sicoanalista.
Pero cualquiera suele mentirse a si mismo con tal de no reconocerse desfavorable. Sé que antes de cada elección el argentino se exterioriza opositor. Al abrirse las urnas resulta que era oficialista. Pero después volverá a ser opositor. Porque así luce más inteligente. Nunca se descubrirá nuestro gen. Somos el Dr. Jekill and Mr. Hyde; somos Prada y Gatica; Patoruzú e Isidorito. El dueño del dogo y la dueña de Jasmín. No hay un único gen argentino: porque el gen argentino somos todos nosotros.
Bienaventurados los feligreses del Viagra
15/10/2007 - 12:30:00
Autor:
http://www.continental.com.ar/noticias/493618.asp


Hace ya diez años que el Viagra reenciende a la pareja humana. Diez años de reinado en la cama.
Lo que ha hecho sobre el deseo del varón ya adulto y desganado o marchito, es tan revolucionario como debe haber sido para la primera pareja humana el descubrimiento del sexo. Y todavía más que los sucesivos descubrimientos del Punto “G”, del lado femenino y masculino, y de la mujer insatisfecha de la escasa fantasía del macho, asumiendo sin complejos la responsabilidad del relato.
El Viagra, al comienzo, pareció ser nada más que la píldora que salvaba al abuelito del ocaso; y si era rico le permitía al abuelito la temeridad de ensamblarse con mujeres de la edad de la nieta. O correr libidinoso a la enfermera de minifalda que le estaba aplicando el suero del adiós. Algunos pioneros sucumbieron en el trance cardíaco. Pero peor era morir solo del corazón sin el deseo.
Superado el secreto pudor que lo limitaba al intimismo, o a resolver situaciones patológicas, el Viagra extendió sus beneficios con sinceramiento.
Se ha ido convirtiendo en la píldora que también potencia la angurria del joven al que la naturaleza le parece poco. Hay atletas juveniles de la cópula que se desafían a batir récords gracias al Viagra.
Algunos adolescentes insaciables merecerían ser condenados a la impotencia por angurrientos.
Es cierto que el Viagra no resuelve el desamor: lo entretiene. Le permite un apagamiento menos indigno. Un devenir ilusorio como el que se da fe con un placebo. Tampoco resuelve el aburrimiento metafísico de esas parejas que ya duermen estando despiertas. Porque igual que en esos asados donde la leña está húmeda y no la enciende ni una mecha prendida bañada en combustible y el asador soplando como loco, ni siquiera se enciende en esas camas que nunca se encendieron ni en el tiempo inaugural en que se calienta hasta el Cristo que está en la cabecera de la cama. Pensar que hace diez años el Viagra no existía.
Y ni la pomada china, ni el simposio de sexólogos, ni el surtido de
“gatos” de planta de montaje reparaban el desaliento. Ya no.
Lo que sí hay que poner en el balance del Viagra es que así como a veces fertiliza a un varón exprimido, o a un desierto tan seco donde ni siquiera sobrevive la lagartija; también desnuda a veces la verdad de una pareja a la que ni la cópula les sirve porque el amor está ausente.
¡Gracias al Viagra! Bienaventurados sus feligreses.
Aliviadas las mujeres que desean el alivio de un varón determinado pero algo trunco.
Es la píldora que engaña haciendo creer que el tiempo se alarga, aunque siempre se acorta.
¿Quién la tiene más larga?

"Haz el glamour y no la guerra" exclamaron Boris Izaguirre y Ana García Siñeriz, con alegre desinhibición, en el plató de Chanel 4, después de un intenso debate sobre símbolos y banderas. Previamente, el periodista Antonio Albert había recordado la bella canción de Jorge Drexler, "perdonen que no me aliste/ bajo ninguna bandera,/ vale más cualquier quimera/ que un trozo de tela triste". Al empezar el artículo de hoy, sonoramente responsabilizada por el mandato patrio de Mariano Rajoy, me ha venido al teclado, como si tuviera alma propia, el recuerdo de ese momento televisivo y de ese poema. Será que mi adolescencia libertaria dejó huella en los pliegues del pensamiento, o será que estoy harta de las guerras de símbolos que, a ambos lados del Puente Aéreo, sacuden frecuentemente nuestros castigados tímpanos. Será, pero lo cierto es que, a pesar de tener una identidad nacional perfectamente ubicada en mi universo simbólico, y de considerar que, para bien y para mal, soy una ciudadana catalana en el mundo, es decir, pienso, hablo, siento a través de la herencia histórica que me ha legado mi nación, a pesar de todo no siempre me siento orgullosa de mi país.

Podría hacer un listado de las miserias que me cabrean, o de las debilidades que me agudizan el sentido crítico, o de los fragmentos de memoria colectiva que quisiera tachar de la historia. El concepto de orgullo nacional me parece una paranoia, una auténtica estupidez, sin duda ubicada en nuestro activo cerebro reptiliano. Me lo parece respecto a Cataluña y respecto a cualquier otra nación. Amar una identidad, defender una lengua, reconocer una memoria colectiva, formar parte de un "nosotros" definido no significa que uno sienta un orgullo irracional, generalmente siempre confrontado con el orgullo nacional de los otros. Personalmente, esa liturgia sobrecargada me recuerda a las competiciones de los chicos adolescentes, alineados en el lavabo de la escuela, observando quién mea más lejos, o quién la tiene más larga. La reflexión que me genera, por tanto, el vídeo del candidato Mariano Rajoy no nace de la aversión al concepto de "orgullo español", aunque tengo mucho por decir al respecto, sino de la aversión al concepto de "orgullo nacional". Generalmente, y la historia está llena, a patadas, de ejemplos, cuando los orgullos nacionales salen a pasear, la política de los pueblos se convierte en una cuestión de traseros y de estómagos. Por decirlo en plata: siempre la cagamos.

Dicho lo cual, el vídeo, la proclama nacional-patriótica y la puesta en escena son de manual de semiótica, semiótica pura, estudiada en cada detalle, desde lo conceptual hasta lo imaginario. Está todo: la bandera, el toque bibliotecario, el semblante serio, el hecho de haber grabado el discurso, como si estuviéramos en un momento crítico -por cierto, no me resisto a apuntarme a lo dicho por otros: Rajoy no quiere ser presidente, quiere ser rey de España...-, la apelación a lo deportivo y a lo mortuorio, etcétera. Con todo el paquete, Rajoy trabaja un único objetivo: situar el debate político a ras de suelo, en el terreno fangoso de los símbolos, en una competición delirante sobre quién es más patriótico. Por supuesto, reduce la cuestión al puro esqueleto y, despojada ésta de toda idea racional, el debate se convierte en una pelea irracional. "Orgulloso de ser español". ¿De qué España? ¿La que ama la pluralidad o la que la combate? ¿La que no se pierde en retóricas esenciales o la que sólo vive sin vivir en ellas? ¿La que ha protagonizado momentos relevantes o la que ha escrito páginas negras de la historia? ¿Cuál de las dos Españas machadianas, la del nodo y el bajo palio o la que luchó por su libertad? ¿La del Pazo de Meiras o la de la Expo de Sevilla? ¿Es la España del tradicionalismo cristiano o la que permite a los homosexuales casarse? ¿Es la España que, con la lengua, crea imperio, o la que se define por los distintos idiomas de los pueblos que la componen? En definitiva, ¿de qué España me habla el señor Rajoy cuando dice que se siente orgulloso de ser español?

Por supuesto, no me escandaliza, más allá de lo razonable. Que alguien que quiere ser presidente, se enfunde la bandera, la saque a pasear y venda retórica a cañonazos ni es ajeno a la política -a la mala política- ni es sorprendente. Pero es necesario subrayar que Rajoy hace trampa con material sensible, que lejos de ubicarse en el universo político a través de lo tangible y lo real, decide plantar la bandera en el territorio inhóspito de lo esencial, allí donde no habitan las ideas, sino las emociones más primitivas. Es decir, planteando el debate sobre la bandera de España, niega el debate sobre España. Rajoy, por tanto, se sitúa en el water de la escena pública, saca la bandera y embiste a Zapatero: la mía es más larga. Y situados en ese terreno, a ZP se le reducen las opciones. Si saca la suya, nos volvemos todos locos. Si no lo hace, la suya es más pequeña. Es lo que tiene reducir la política y la complejidad de un país a una cuestión de testículos.

Vuelvo a Jorge Drexler: "En este mundo tan separado/ no hay que ocultar de donde se es,/ pero todos somos de todos lados,/ hay que entenderlo de una buena vez". Pues eso...

Pilar Rahola : El País. Madrid.
Miércoles 10 de Octubre de 2007
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La niña que no tenía Navidad
Por Pilar Rahola
Para LA NACION



BARCELONA

¡La intensa mirada triste de sus ojos almendrados! Miraba hacia adentro, como si el exterior fuera el paisaje de todas las pesadillas. No nos vio. No vio la pequeña oveja de peluche que danzaba un baile imposible y derrotado. No vio a la joven que le dedicaba una sonrisa de fiesta mayor, enternecida y asustada. Esa joven que sería su hermana… No vio al hombretón que quería abrazarla, torpe e indeciso, tan vulnerable en su notable corpulencia, un vasco de lejana genética que suspiraba por ser su padre. Ese hombre que, al ratito, lloraría como un niño. Y no. No me vio, yo, su madre, ataviada con las mejores galas de los sueños, aún atrapada por los miedos que asaltaban el alocado latido del corazón.

Ese día, Ada llevaba llorando algunas horas, no se sabe cuántas, porque la pierna se le había aprisionado con los barrotes de la cuna y nadie consideró que aquello fuera su asunto. Llorar, en un hospital perdido de la Siberia perdida, con el llanto de una niña perdida, no es ninguna noticia en los confines del mundo, allí donde no llegan los mapas de la conciencia.

Tenía neumonía, pero no era su primer reto. Con trece meses cumplidos, ya se había enfrentado a una hepatitis, algunas bronquitis, una salmonelosis y la persistente sarna que la acompañaría hasta su nuevo hogar. Su nueva vida. No tenía desarrollados los músculos del cuello, porque nunca, nadie, le dedicaba un “aupa” juguetón. En las piernas, pequeñas llagas de su infancia sin pañales, y en los pies, la nostalgia de unos zapatos que nunca había usado. Los potecitos de ternera y verduras le provocaron una inflamación del hígado –demasiada proteína para su cuerpo virgen– y la piel se tiñó de pequeñas manchas rosáceas. Ante la comida, escondía sus manos en la espalda, como si temiera tocarla, y abría una boca de espanto. Le dolía el sol y cuando empezó a practicar una extraña y nueva diversión, pasear, huía de sus rayos como si fueran rayos de fuego. Ese día no nos miró. Y ese día, como tantos, tampoco nos sonrió.

Ada tardó casi tres semanas en esbozar la primera sonrisa, una tarde, desde su nueva cuna, en su nueva ciudad, en el umbral de su nueva vida, y esa tarde supimos lo que era la poesía. Había iluminado su cara, y la luz traspasó nuestras dudas. Ese día supimos que habíamos vencido. Hoy Ada es una cereza dulce que engalana nuestra vida y corretea por nuestra alma, agitándola, maravillándola, embelleciéndola. Se ha convertido en un vampiro de amor, y reclama abrazos y besos a todas horas, como si fueran a acabarse. Como si cada día fuera el último día. Sí. Es una niña feliz, y el recuerdo de la niña que fue es una tenue sombra que esporádicamente visita sus sueños, una heridita en la retina del recuerdo, una lejana maldad. Forma parte de lo que ella fue, pero ya no es.

Sin embargo, ¿cuántas como ella, cuántas Adas lloran su invisibilidad en los rincones del mundo, en las esquinas oscuras donde no habitan nuestras preguntas ni nuestras inquietudes? ¿Cuántas, en las calles donde construyen su soledad? Niños que aprenden a esquivar un golpe, antes de saber lo que es un beso, supervivientes del dolor y del miedo. Decenas de ellos, centenares de ellos, miles de ellos, sin campanitas ni árboles de Navidad. Algunos abandonados a su suerte. Otros, abandonados a la suerte de padres terribles que los maltratan, los violentan y los destruyen. Sus protectores, los ogros de sus cuentos. En las Siberias lejanas y en los barrios cercanos, al albur de adultos que saben de su desamparo y de la fragilidad con que tutelamos sus derechos.

Esa es la cuestión central que atañe a los derechos de la infancia: su fragilidad. Los niños tienen derechos, previos a los derechos que los adultos tengan sobre ellos. Pero ¿es ésa la mirada que proyectamos sobre la infancia? La casuística es rotunda y trágica. Si lo analizamos en términos globales, los niños son usados para todo tipo de abusos, desde usos bélicos o terroristas hasta trabajos forzados, prostitución, droga o puro abandono. Millones de ellos, perdidos en las calles de la miseria y el hambre, convertidos en camellos, en juguetes sexuales o en bombas humanas. Sometidos a abusos con la total impunidad que da saber que el niño es la última de las prioridades. En la ley y en los territorios sin ley.

Sólo en la guerra de Irán contra Irak, se utilizaron más de cien mil niños, según datos de la Unicef. Eran usados para limpiar los campos de minas. Su protección: unos versículos coránicos y una llave de plástico, que les decían que era la llave del Paraíso. Se calcula que murieron nueve sobre diez. También es una práctica el uso de jóvenes para atentados terroristas, y la mayoría de ellos son adoctrinados a la edad de siete u ocho años. Y si el foco se acerca a los opacos territorios de la prostitución, la presencia de niños es una constante en casi todos los burdeles del Tercer Mundo. Del tercero y, a veces, del primero.

Sólo en Nepal, según datos de las organizaciones que trabajan contra esta lacra, más de 5000 niñas son vendidas al año, para ser usadas en esta práctica. Usadas por los adultos de sus propios países, pero también por señores de lindos trajes, avión en primera, Visa oro y moral en la frente. Y de la prostitución a la esclavitud, o los trabajos forzados en los telares donde el mundo no tiene mirada, en las minas donde sus pequeños dedos son especialmente útiles, en las fábricas donde sus pulmones no llegan a crecer. La conciencia del mundo permite, acepta, tolera el abuso de millones de niños, porque ha decidido no mirar. Y al no mirar, no saber. Y al no saber, ninguna obligación de hacer.

Pero este artículo quiere aproximar aún más la lupa, quizá para ver de cerca nuestras propias miserias. En los países decentes, es decir, aquellos que regulan las leyes de protección de los menores y consideran los derechos humanos como la fuente de inspiración de las leyes, no todo es oro en la protección de la infancia. Especialmente sonoro es el tema de los niños bajo tutela del Estado, previa infancia con abandonos, maltratos y todo tipo de vejaciones. Estos niños, que podrían ser dados en adopción, y tener una segunda oportunidad, se ven atropellados por todo tipo de leyes, jueces y legisladores que aún anticipan el derecho ancestral de la sangre al derecho que todo niño tiene a ser cuidado, amado y respetado. Como si el ADN otorgara carácter de propiedad a los padres, como si los adultos tuvieran más derechos sobre los niños que los propios niños.

Los ejemplos están a flor de noticia y sacuden nuestras conciencias frecuentemente. En agosto pasado, por ejemplo, el caso de los hermanos mellizos en Buenos aires que, con seis años de vida con una familia, fueron obligados a volver con la madre no es excepcional, pero es, como todos, brutal, y resulta paradigmático. No tengo duda de que la jueza actuó al amparo de la ley, aunque las leyes permiten muchas lecturas y la que ella escogió lesionó a los niños.

En el caso, pues, de que la jueza no hubiera tenido margen (que lo dudo) y de que la ley obligara al incomprensible retorno de unos niños, cortándoles de cuajo la normalidad, la seguridad, los vínculos sentimentales que habían establecido y las esperanzas que habían tejido, el problema lo tendríamos en la ley. En la Argentina y en la mayoría de los países.

Pensadas para blindar el concepto de maternidad, como si fuera una especie de tótem sagrado, y vinculada la maternidad a la pura biología, las leyes de nuestros países desprotegen severamente a los niños y los convierten en peones de partidas de ajedrez demoníacas, donde padres que aparecen y desaparecen, a menudo con historiales de maltratos y abandono, pueden cambiarles la vida y desarraigarlos de los arraigos que, frágilmente, habían construido.

No puede ser que los padres biológicos tengan el derecho a reclamar durante años a los niños, no puede ser que tengan el derecho a destruirles la vida para volverla a recomponer de cualquier manera, no puede ser que los niños sean forzados a reinventarse, como si fueran ellos, y no el adulto, los que crearon el problema. Si la madre de los mellizos hubiera amado seriamente a estos niños, nunca los habría arrancado, seis años después, de la vida que tenían desde los tres meses de edad. Es una barbaridad. Y es una maldad. Pero desde la perspectiva legal, es una desprotección que deja al niño en un desamparo severo, al capricho de los caprichos de una madre que ahora entra y ahora sale de sus vidas. Puede que la jueza se preocupara por los derechos de la madre biológica, pero su sentencia no amparó ni un solo derecho de los propios niños.

Tenemos que cambiar el chip mental, el paradigma social que inspira las leyes de la infancia y que arraiga en una concepción feudal de la paternidad y la maternidad es profundamente injusto. No son padres quienes traen un niño al mundo, sino quienes les garantizan sus derechos básicos, el derecho a ser amados, a ser protegidos, a ser educados, a ser alimentados, a no ser violentados, a ser respetados. Si esos derechos fundamentales no están garantizados por la biología, la sociedad tiene que garantizarlos por medio de la adopción, la guarda o cualquier otra alternativa social. Contrariamente, nuestras sociedades convierten la adopción en un vía crucis de años, luchas, burocracias y obstáculos, dificultan la guarda con una permanente inseguridad y dan carta blanca a los padres biológicos para jugar con las vidas de los niños durante años. Es una aberración del derecho, si por derecho entendemos la defensa de los más frágiles. En cuestiones de infancia, estamos lejos de ser garantes de su protección.

Y vuelvo a Ada. Estos días ha empezado sus clases de hípica. Tiene un caballo que se llama Fru-fru y le da manzanas y zanahorias después de cada sesión. Me dice, mirándome con sus bellos ojos almendrados: “Mami, soy muy feliz”. La escucho y siento una intensa sensación de triunfo, un hondo orgullo, un plácido descanso. Conseguimos vencer el miedo y ganar la batalla de la felicidad. Ella puso todo. Nosotros pusimos lo que pudimos. Y, por el camino, el amor nos entrelazó para siempre. Ada es feliz. Pero en los meandros de la noche, cuando me vuelven las pesadillas, recuerdo a esa niña que un día fue y ya no es, su mirada sin mirar, su cuello sin fuerza, sus piernas con heridas, sus labios sin sonrisa, su profundo cansancio de vida sin vivir. Y pienso en las Adas que dejé en aquella lejana Siberia o en las que habitan en las cercanas barriadas de mi ciudad, allí donde no llegan las noticias. Pienso en las Adas que no tienen Navidad. Y la conciencia se convierte en un martillo.

La autora, escritora y periodista española, fue diputada y vicealcaldesa de Barcelona.



Link corto: http://www.lanacion.com.ar/951669
No es bueno que un “bueno” sea malo
10/10/2007 - 12:10:00
Autor: Orlando Barone
http://www.continental.com.ar/noticias/491624.asp


No es bueno que un pastor de la Iglesia sea condenado por genocidio; menos bueno es que haya sido culpable.
No es bueno un sacerdote preso; menos bueno es que haya participado de torturas y crímenes.
No es bueno que un miembro de la Iglesia sea juzgado; menos bueno es que no hayan sido juzgados los desaparecidos.
No es bueno que un pastor sea apartado de sus fieles; menos bueno es que él los haya traicionado.
No es bueno que haya que recordar cementerios; menos bueno es seguir encontrando en los cementerios pruebas de crímenes de Estado.
No es bueno que un país siga siendo noticia por la revisión de los derechos humanos; menos bueno es que alguna vez el país haya sido famoso por degradarlos.
No es bueno que Von Wernich ya no pueda confesar a tantos fieles que se arrepienten de pecados; menos bueno es que él no se arrepienta y siga negando los pecados que le atañen.
No es bueno que Dios no haya logrado convencerlo; menos bueno es que él haya usado a Dios para convencerse de sus crímenes.
No es bueno que La Iglesia padezca este dolor; menos bueno es el dolor de los deudos de los ajusticiados.
No es bueno que la sociedad todavía no haya cerrado heridas del pasado; menos bueno es que tenga esas heridas y que algunos quieran desconocerlas.
No es bueno que una sociedad católica y cristiana descubra que un sacerdote haya sido cruel en lugar de piadoso. Menos bueno es darse cuenta que el arrepentimiento de sus pares tarda más que el arrepentimiento de los fieles.
No es bueno ver a un religioso expuesto al peso de la culpa pública; menos bueno es ver a nuevas generaciones de argentinos en el esfuerzo de comprender por qué tantos mayores alentamos o nos resignamos a aquello.
No es bueno que sea la jerarquía eclesiástica la que advierta que tenemos que alejarnos del odio y el rencor; menos bueno es que no aclare que el odio y el rencor no se los adjudica a la sentencia.
No es bueno que la religión oficial se haya manchado con la dictadura; menos bueno es que siga interviniendo en la política.